Blog personal Lucioviajero

El paseo en balsa que me costó 3.000 pesos EXTRAS

Primera parte del paseo

Un recuerdo agridulce

Ay, amigos míos, hoy les hablaré del paseo que di en balsa, que me costó 3 mil pesos en impuestos extras.

Cuando ya no te da más el alma de tanta basura, es obligado viajar. Pero, a veces, muchos tipos de viajes no te sirven. Entonces tienes que buscar el que se acople de manera ideal y espontánea a los sentimientos y emociones en los que te encuentras puntualmente.

Como la crisis era existencial-sistémica, el único viaje capaz de curarme sería el de abandonar estas tierras para siempre. Pero necesitaba una aerolínea low-low-low-cost, una bici acuática, un tren submarino, o hacer barcostop.

Como ninguna de ellas me han sido posible, pensé: ¿qué tal si me hago una balsa?

Preparativos

Las mentes gemelas no existen, al menos no las conozco. Sin embargo, mi hermano estaba pensando lo mismo. De hecho, fue él quien me llamó: brother, no aguanto más necesito hacer una balsa, ¿te vas?  –Accedí con presteza– Hombre, si me viene como anillo al dedo.

Como brother tiene mejores recursos corrió con el gasto de casi la totalidad del proyecto. Fui para las Villas y comenzamos a organizar los preparativos. Compramos un motorcito de 2 tiempos, un encerado de camiones, tornillos, madera, un teléfono motorola de pedro picapiedra pero que era el primero que veíamos con gps…

Objetivo: rumbo “norte“. Daba lo mismo Tampa, Cayo Hueso, Miami, los Everglades, Disneylandia, Nueva Scotia o cualquier espacio de la costa del Atlántico (norte, sur, este u oeste). Total, qué es el norte, si no una metáfora.

Manos a la obra

Diseñamos el artefacto, que terminó siendo casi espectacular. Ahora es cuando me toca agradecerle a los colegas que hacen los videos How to made, hicimos la lancha inflable más bella que hayan hecho mis manos, olvidemos que fue la única.

Estábamos entusiasmados. Por primera vez iba todo viento en popa; y hasta con vela incluida (just´n case).

Hicimos el plano de lo que pensamos fuese un inflable seguro, pero de bajo costo, como mochilero al fin, hay que sopesar todos los pros y contras. Cosí la lona formando la arquitectura de una lancha de goma. Mi hermano le hizo un bastidor de madera que pesara lo menos posible, que sirviera de esqueleto para anclar el motor.

En la parte mecánica diseñamos dos prototipos. Entre estos se escondía el talón de Aquiles. Cómo pensar que fuese mi destrucción un par de meses más tarde. Uno planteaba el motor en el centro del bote con una transmisión de cardán hasta la propela. El otro, se pensaba con la ubicación del motor en la popa del barco, al que se le conectaría la propela con una cadena.

Olvidaba decirles. La parte inflable se activaría con 7 cámaras de camión metidas dentro. Mientras que las propelas las hicimos a ojo de buen cubero. Confeccionamos dos, para que pudiésemos cambiarlas en caso de que no funcionara alguna.

Como repositorios de locomoción le fabricamos una vela con su mástil desmontable y un par de remos, como para divertirnos en medio del océano a donde nos llevaran las corrientes cálidas del golfo. Así no tendríamos en cuenta la insolación, ¿no creen?.

Lo barato sale caro

Al principio pensamos que la de cardán era mejor. Además, si la mayoría de los botes y embarcaciones de pesca la tienen así, por algo será.

Pero luego, mi hermano decidió que era mejor el segundo sistema por ser más barato. Yo, sin aportar más de lo poco que ya había dado, no pude objetar. Compramos una cadena de Suzuki en 500 pesos, instalamos todo y, finito.

El proyecto era lanzado por la borda, literalmente. Bienvenido al club de los grandes emprendedores que quieren cambiar sin invertir con respeto. No es la primera vez que “la vida” me entusiasma y luego me desilusiona con sus inconsistencias…

Preparativos finales

Compramos 30 litros de gasolina, galones de agua natural de la que nunca había bebido, pomos de refresco, galletitas de todos tipos, pastillas para el mareo esperado y nos dispusimos para las tomas finales de Novatos en altamar, una coproducción cubano-norteamericana, donde la desesperación se lleva el papel protagónico.

Listos los supuestos detalles, solo bastaba colocar al pez en el agua, menuda tareita.

Transportación de la lancha

Prepárense chicos. Siéntense bien seguros para que se enteren cómo transportamos la embarcación que tendría unos 4 metros de eslora. La tarea se presentaba fácil, solo era necesario llevarla desde los pies de las Montañas del Escambray hasta cualquier parte de la geografía donde el litoral lo permitiera. Claro, buscábamos algunos requisitos: cercanía con el punto cero, lugar apartado pero accesible, espacio suficiente, refugio a la vista…

Cumpliendo con la primera espectativa, debía ser un punto entre la Habana y Matanzas. También encontrarse en primera línea de playa, pero con algún escondrijo donde dormir, disfrutar de los atardeceres, y tener un Spa.

Hecho. Nos decidimos por la zona de Playa Jibacoa, a unos 350 kilómetros de la casa de mi hermano.

¿Cómo lo transportamos? Simple. Usamos el principio de Blas Pascal: divide y vencerás. Esto relativo a los problemas, no a las personas, ¿está claro? Imbéciles que utilizan este principio para sus metas contra cualquier sociedad hay de sobra. Por favor, no seas uno de esos pobres mediocres. Me gustaría saber que mi blog lo leen personas, no animales bípedos.

En fin, la movimos por piezas, dentro de la mochila. Si puedes, imagínate un motor dentro de tu mochila, 7 cámaras de carros, 15 metros de encerado de carro cocido en una pieza, el bastidor de madera, los remos, la vela… ¡JA!

Los preparativos de la segunda generación los compramos en la Habana, para que fuese más fácil llevarlos: tanque de gasolina, galones de agua, víveres.

Ahora me siento feliz de escribirlo pero estuvimos 3 meses construyendo, preparando el lugar y transportando trozos de nuestro graaan barco.

Check-in

No sabemos nada del mar. Solo que el gps da una posición, uno la traslada al mapa que lleva; tener cuidado con la corriente del golfo y encontrar algo de tierra donde hacer puerto. Venga, si lo de ser balsero tiene menos complicaciones que viajar por Cuba de mochilero.

La mayoría de las exploraciones antes de la reserva las hice yo. Mi hermano se encargaba de lo duro. Cuando estuvo dispuesta la fecha, lo cargamos todo para el lugar destinado. Agrupamos el rompecabezas en un lugar de la playa. Ultimamos detalles y me mudé para el aeropuerto, no fuese a volar nuestro pájaro.

La fecha que dispusimos fue el 15 de agosto.

Bueno, en este punto no debo esconderles algo. Olvidé decirles que mi hermano mantiene cierta afiliación con la tardanza. Les garantizo que ha hecho esperar hasta el avión de la Aeroflot (Habana-Moscow).

Como era de esperarse, varios días después anuló su boleto para nuestro gran prix Mayabeque-Florida.

Ok. Todos escogemos si viajar o no. Ayúdame con el despegue para hacerlo yo solo. Corrimos el check-in para el día 20. Al no aparecer, retrasé el vuelo dos días más.

Check-in definitivo

Me reacomodo para el 22 de agosto. Corre el año 2011. Me trasladaré a ese día.

Entre ayer y hoy he preparado todo el equipo. Inflé la balsa, atornillé el bastidor, armando todo lo que pertenece al bote en una pieza ya navegable. Reviso cada detalle: una de las cámaras se había ponchado sola. No importa era un imprevisto previsto. La desecho sin problema.

No ensamblo el sistema mecánico para poder cargarla yo solo. Además surge algo que no estaba escrito en la cláusula del low-cost.

Imprevisto desprevisto

Algunos imprevistos, aunque de salir todo bien no se esperan, al menos se tienen en cuenta con la intención de adelantarnos a ellos en las estrategias que se tendrán bajo la manga para su contensión. Pero esta vez había surgido uno que no estaba en la agenda.

Uhm. No lo había pensado ¿cómo llevo esto al agua? Ja, menuda gracia. Ahora estaba solo con todo aquello. La verdad, no era gran cosa; pero sí más de lo que un hombre solo podría abarcar.

Eché mano nuevamente del principio de Pascal –si alguien lo ve, que le agradezca de mi parte. Así que dispongo todo de forma que lo pueda cargar, por grupos. El agua está a unos 600 metros. Pan comido.

Amanece el día 22. Nada de ciclones en el Caribe. La mañana se ha levantado clara y con el olor nauseabundo de la sal mezclada con carne de pescado cruda. La brisa, casi imperceptible acaricia mi rostro. Es un gran día para viajar.

Doy el último paseo por la playa. Tal vez, nunca más vuelva por acá. No es que le tenga animadversión, sino que guardo otras tantas deudas por visitar, que luego no me da tiempo de pasar por aquí.

Vuelvo a hablar con Dios sobre el viaje y la insignificancia de los pormenores… La playa está llena. Todos se divierten a sus anchas. Jibacoa es la zona más concurrida de esta región.

Bueno, ya está rectificado el pasaje y marcado el asiento con ventanilla (por todos lados). Solo resta esperar al atardecer.

Algunos sustos de la noche

A pesar de que todo está dispuesto de manera organizada, el estrés del momento llega sin ser llamado. Los sentidos se alteran sobreprotectores en busca de presencia enemiga.

Comienza a oscurecer y una moto Suzuki, de las que más usa la policía de civil, pasea por la zona. Atraviesa el monte, ¿qué otro propósito se puede esperar salvo un patrullaje?

Pienso si no habré escogido mal la zona. Tengo a ambos lados, tropas guardafronteras: los de Santa Cruz del Norte y los de Canasí.

Al rato regresa. Son las 8, ya se puede decir que es de noche. Aguardo otro rato y comienzo a trasladar las cosas hacia la orilla. Me demoro más de media hora en cada recorrido; escuchando, penetrando la oscuridad hasta el cansancio. Me duelen las mandíbulas de tanto apretarlas.

Me preocupa sobremanera una embarcación que comienza a dar recorridos específicos en todo el espacio a mi zpna de despegue. Va para un lado, regresa por donde mismo, vuelve al otro. Y lo hace de manera ágil y constante.

El recorrido parece ser justo por mi causa. Describe una trayectoria cíclica, recurrente, desde cerca de Santa Cruz hasta la altura de la desembocadura del río Canasí. Maldición, tiene que ser un patrullero.

En lo sucesivo calcularé su frecuencia mientras me alisto. Pero ya el viaje está decidido.

Cargo, por orden, lo pequeño y menos importante primero. Pongo el motor en la orilla y, con un par de varas largas que había cortado en la mañana, hago una camilla en la que arrastro el bote. Ya está en el agua.

¡Flota de maravillas! Me digo con emoción, pues nada de lo que hice ha sido probado en la realidad. Me río; pues a mi mente llega el recuerdo del film animado Atlantis I. Donde aquel muchacho loco está lleno de improvisaciones y desastres; pero que no le impiden llevar a cabo sus expediciones.

La embarcación fantasma se demora unos 50 minutos por cada vuelta. Los destellos del reflector del puesto guardafronteras también ayudan con el estrés del momento. Qué locura. Este viaje, low-cost, tiene sus inconvenientes. Me prometo no recomendárselo a nadie en el futuro. Aunque tampoco es gran cosa…

La Hora

La hora ha llegado. El equipo está en el agua y listo. No parece haber nadie en los alrededores inmediatos. Aunque se escucha gran cantidad de voces cercanas que se divierten.

Son casi las 11 de la noche. Conecto el motor con cuidado. El agua me da por las cinturas. Dispongo cada cosa en su sitio, y observo el barco incansable. Espero a que venga hacia a mí para salir. Así creo tener más tiempo de respuesta de mi parte. Sin embargo, ocupado en los preparativos, si bien le vigilaba, no me había dado cuenta que su trayectoria se había desplazado más hacia el frente de Santa Cruz del Norte. El giro lo hace antes de llegar a esta playa. ¡Bravo!

Adiós

La pista vacía me invita a despegar. Es maravilloso el momento en el que levantas los pies del suelo marino para suspenderte encima de un bote minúsculo sobre una flexible superficie interminable.

Coloco los remos. El mar tranquilo como nunca en la costa norte es un buen augurio. Desde las 11 de la noche hasta casi las 3 de la mañana, remo con todas las fuerzas que mi inexperiencia permite. La brisa terrestre provoca un oleaje pequeño pero continuo que me lleva hacia fuera.

La noche, cómplice de los viajeros, es expléndida y me favorece.

Los planes cambian

No sé a qué distancia me encuentro de la playa, pero por triangulación de lo que puedo ver hacia ambos lados es suficiente para sentirme seguro. Guardo los remos y me dispongo a encender el motor.

En la casa de mi hermano era lo único que había sido probado. Lo dejamos con una afinación envidiable. Enrosco la soga. Halo y, brum. Al instante arranca; y con la misma velocidad se apaga. El invento había fallado. El sistema no protegido que le hicimos inundó el motor…

(…)

Siente, en los puntos suspensivos, el momento de frustración y cólera conmigo mismo, con mi hermanito querido, con… Intento numerosas veces, pero todo es en vano.

Preparar el retorno

Vencido por la realidad matemática oriento la proa a tierra. Remo, remo, remo: no avanza ni una pulgada. Son las 3 de la madrugada y me siento ahora el hombre más indefenso y desprotegido del planeta. En cualquier momento aparece una patrulla y yo, de chiste, sin poder moverme.

Safo el motor y por primera vez en mi puñetera vida arrojo basura al mar. Como cambia la vida en un segundo. La brisa de tierra que tanto me gustaba, ahora es mi enemiga mortal. La balsa no avanza nada. Absolutamente nada. No puedo hacer más, lanzo todos los galones de combustible, agua y refrescos una vez más al pobre mar que nos soporta en silencio.

Me conforto: comparado con los millones de litros que vierten otros por enriquecerse, qué son treinta litros de gasolina por supervivencia. En realidad no ayuda este pensamiento, pero la desgracia aumenta y no me permite autoflagelarme. La embarcación misteriosa ha tenido la dichosa idea de volver hacia esta zona.

Viene directo a hacia mí. Lleva delante un foco que alumbra su rumbo de luciérnaga gigante. Me quedo petrificado. Por suerte pasa a unos cuantos metros por delante. Una parte del terror mengua, al saber que es un yate pesquero. Los hombres encima no prestan atención a nada más que a sus quehaceres y conversaciones.

Esta vez, alargan el recorrido hacia el otro lado: Canasí-Puerto escondido, tal vez.

Cinco horas de nado desincronizado

Mi lancha vacía se niega a dar un paso. Esto pinta muy feo. Llevo demasiado tiempo en el mismo lugar. Miro mi Casio: 3:19. No sé en qué momento habrán salido las lágrimas, pero ya corrían por mi cara.

Desenfundo el cuchillo y hundo la balsa a puñaladas. Eran unos golpes inciertos, fuertes mas no violentos, agresivos pero sin odio. Me atrevo a decir que con cierto cariño y respeto reverencial contra aquel artefacto que no tiene la culpa de mis desiluciones.

Narrar las próximas 5 horas es fácil. No sé la distancia que habrá sido, solo el tiempo: desde casi las 3 y media hasta las 8:22 de la mañana que entré fogoso por la misma playa que me había despedido; mientras los bañistas me miraban con una cara que vino a alegrarme la triste hazaña quijotesca.

Segunda parte, que me costó 3.000 pesos

La historia no acaba aquí. Primero te hablé sobre el paseo. Ahora te contaré por qué me costó 3 mil pesos en pagos extras.

Preclímax

Como no hallaba qué hacer, regresé para refugiarme en el mismo sitio donde viví por más de 2 meses en esos últimos días. Al amparo de la maleza frondosa me dormí hasta despertar de golpe con el silbido de mi hermano.

¿Brother, aquí? Me atrasé. He venido a ayudarte, ¿es seguro que te quieres ir solo?

Aquello parecía una broma del Decamerón. La vida es más cínica y juguetona que Calderón de la Barca, Pablo Picasso o Charles Bukovski. No hay realismo sucio que pueda servirme en este momento… Le conté lo menos posible sobre el “viaje”, y volví a quedarme dormido.

Regreso

Brother recoge la cámara de carro ponchada para llevarsela a casa. Con ellas juegan los muchachos en las playas y ríos de Cuba. Tengo hambre. Pensar que ayer tenía comida para dos semanas.

En la parada, mientras esperamos algo para la Habana, un paturllero de carretera nos interroga. De dónde vienen, hacia dónde van… En los documentos uno es de Las Villas, el otro de la Habana.

Qué llevan ahí, déjame ver. Una cámara de carro ponchada que me la llevo para jugar en el río, responde mi hermano. Así que una cámara de carro. Nos esposan. Suban al vehículo. Y nos dan botella hasta el puesto de guardafronteras de Santa Cruz del Norte.

Ahora, el Apartado de los chistes (clímax)

Mirémosle el lado bueno, ya estábamos unos kilómetro más cerca de la capital.

Chiste con uniforme militar

Comenzaron los interrogatorios. Nos alternan. Venga, sin cuentos, qué hacían, dónde está la embarcación, cómo…

Qué aburrimiento. A la verdad nunca he tenido una buena actualización de mi traductor policial. Debe ser porque representan una de las mayores escorias de la sociedad cubana. Al menos eso es lo que se puede ver. A pesar de la permanente manipulación de los medios intentando crear (recrear será) una imagen ficticia sobre ellos.

No soy el doctor Doolitle, por lo que no tengo herramientas comunicativas para converzar con los animales. No me gusta hablar con sujetos que no sean personas. Cuando me encuentro frente a individuos de ese tipo, lo mejor que hago es abrir la ostra y relajarme dentro.

Confucio decía: cuando te traen un regalo, tu lo aceptas si te conviene, de lo contrario se lo devuelves a tu anfitrión. Con la basura humana es lo mismo, si no te tratan como persona no lo aceptes; se lo devuelves, y punto.

Los chistes aumentan

Ni lo sabía, pero mi mamá le había dado a mi hermano unas cartas de “recomendación” para unas amistades suyas en Miami. Si yo ni siquiera pensaba pasar por esa ciudad.

Cuando le revisaron las pertenencias a mi hermano él opta decir que sí, que nos íbamos, que no funcionó la barca… El pobre uniformado vino a restregarme en la cara un video donde, bueno, para qué marearte con esto.

Llegó un patrullero de la Seguridad del Estado. Nos llevaron para Punto Cero. Así le llaman a una unidad de retención en las afueras de la Habana. Mejor viaje de regreso, ni pedir de boca. Estábamos a unos escasos kilómetros de Guanabo. Casi en la entrada de la Habana.

Los chistes continúan

Si en Santa Cruz no sabíamos ni quienes nos hablaban (entre militares y policías), acá se presentaron definidos como oficiales del órgano de la seguridad del estado. Con una grandilocuencia y parsimonia, en hombres tan jóvenes, que sonaba rara y sobreactuada.

Nos hicieron algunas preguntas. Por supuesto que mi hermano fue quien habló. Nos dieron consejos en los que esos buenos cuidadores nos alertaban de la terrible idea que implica navegar en el triángulo de las bermudas o a través del Paso Drake. Luego del prolongado sermón vacío, nos invitaron a dormir hasta el amanecer.

El mayor de los chistes

Lo más cómico de todo lo que nos sucedió con los oficiales del Ministerio del Interior fue que nos dijeron que el gobierno no tenía nada que ver con eso, que solo se preocupaba de que no nos sucediera nada malo, que no había ningún tipo de represalia, amonestación o medida alguna…

Desenlace

En la mañana nos despidieron y caminamos hasta el paradero de la 400 y nos fuimos para la Habana.

Un chiste se salió del apartado

Semanas después tenía una multa de 3.000 pesos en casa. Así que el gobierno no disponía medida alguna, ¿no?

Cuando reclamé sobre esto me dijeron que era una multa de capitanía del puerto por andar en el mar con un medio rústico. Todavía me pregunto si alguien me vio en el mar aquella noche. O tal vez, los magos del oriente vieron una estrella, y han venido a…

Consejos para balseros

No lleven cartas de recomendación de su madre.

Inventen una transmisión que venga por cardán desde el centro del bote.

Pruébenla antes de estar tan lejos; si falla no tendrán que nadar tanto.

Por último, si se les poncha una cámara: ¡DÉJENLA BOTADA! Puede que te regalen una multa de 3000 pesos por ella. Que por cierto, ahora que me doy cuenta, la decomisaron.

Despedida funesta en tres actos

Acto I: El placer de lo vivido

Al principio usé el subtítulo un recuerdo agridulce, ahora te lo explico. Más bien fue del casi todo ácido. Sin embargo, deseo guardarlo como un recuerdo con cierto porcentaje de alegría. Un viaje, aunque inconcluso, emocionante.

Por dos razones. La primera fue que lo hicimos con el entusiasmo más grande que se le pueda dedicar a un viaje. Eso es muy importante. La segunda, haber tenido esa experiencia y saber que se puede realizar. Pienso que ni siquiera es difícil.

Te cuento, de corazón, que si tuviese que volverlo a hacer, si la voluntad de Dios lo permite, por supuesto, lo haría con muchísimo gusto. Y esta vez no creo que saliera mal.

Acto II: Aclaración

No sé cuantos de ustedes han hecho viajes a escondidas del gobierno de la región donde se encuentran, pero yo me divertí con ganas.

Mi aclaración es esta: Ten en cuenta que aunque no te hayan visto en el agua te mandan la factura a tu casa. Además, te aclaro que me han dicho que la segunda vez el impuesto es de 5.000 pesos. Te aconsejo que te actualices sobre las tarifas después de la Covid-19, no vaya a ser que…

Acto III: De todo lo malo surge algo bueno

Ya lo creo. No es positivismo. Tengo fe de que todo sucede por alguna razón; e incluso, confío en el proverbio: de todo lo malo surge algo bueno.

Nuestro viaje en balsa por el estrecho de la Florida había fallado. Durante el mes post-fracaso, te queda una depreción terrible, pero pasa rápido. Ese mismo septiembre comencé a dar clases en un pree-universitario donde conocí al amore della mia vita, nos casamos y fuimos felices por siempre… JAJAJA.

No sé cómo*, ni por qué, pero sobre el fracaso del posible mejor viaje de mi vida, Dios me obsequiaba el regalo más grande. De aquella relación nació la bebé más bella, dulce, espléndida, cariñosa y mejor parecida a mí de todo el universo.

* Aclaremos algo: lo del cómo, bien que sé yo cómo fue, ¿está claro?

Miren que carita

o miren como se pone cuando se electrifica

ganándose su diploma de bailarina española

foto de su primer día clases 8 años después de aquel no-viaje

No les dije que este infortunio lo considero agridulce.

¡Hasta más ver!

Con mucho Cariño, tío Lucio el viajero.

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