Viaje de familia

Unos de esos viajes emprendidos por el dolor de la ausencia

Compartir es amor

¿Por qué?

Entristecerse es fácil. Muchas son las emociones que pueden hacerte desfallecer. Una de ellas es la muerte de un ser querido.

Hacía casi un año que no viajaba a Las Villas, mi tierra natal. Lo hice en julio de 2020; en plena cuarentena de la Covid-19. ¿Motivo? La muerte de Tío Jorge, mi tío favorito.

Es cierto, al menos yo lo creo así, que no se va a la funeraria por los muertos, sino por los vivos. Al final, ¿qué es un cadáver? ¿De qué puede servir acompañar lo inacompañable?

Tal vez me contradiga. No por la muerte en sí, que no es gran cosa, sino por la despedida (o la no-despedida, la mayoría de las veces), el vacío, la ausencia que das por sentada, aunque hayan conversado 15 segundos antes.

Yo prefiero pensar que vamos por los vivos. Aunque tenía un amigo al que siempre le dije que no iba a los funerales por los que están, pues nada me importaban… Era una mala apreciación de mis propias emociones. Acaso un impulso de protesta, pero que, a la larga, tuve que aceptar por erróneo y actuar en contrapartida.

Incluso –no me tilden de loco–. puede que vayamos por los vivos, sin serlo y por los muertos sin estarlo. Parecerá un trabalenguas. Pero en algunos casos vamos por los unos, otras, por amor a uno mismo. Algo es cierto, puedes ver, muchas veces, a quien perdiste, reflejado en los que tienes contigo.

Dicen que el amor te hace ver a la persona en otras. Cuando vas al entierro de alguien a quien amas (supongo que haya que decir: amaste), lo puedes ver en la imagen de quienes estuvieron a su alrededor, y hasta en tu propia figura. Es el reflejo de los gestos monocromáticos, la traza, el rastro que va dejando y lo percibes en cada detalle.

Por dos razones viajé a las Villas esta vez: acompañar a tía Lily, quien era mi tía desde que tengo recuerdos (se habían casado cuando ella tenía 13 años). Toda la vida; y ayudar a alguien a quien no pude.

Luego se le sumaron otras, como acariciar a mi mamá, quien perdió a su hermano, y caminar, caminar por las calles de Fomento y sentirlo más escaso que nunca, diminuto, insuficiente.

Tía Lily

Como te había dicho, tía lily tenía 13 años cuando mi tío se la raptó, literalmente, de casa de los abuelos Barceló y Fela. Quienes tuvieron que terminar por aceptarlo y, como costumbre de la cultura cubana, imponerles casamiento.

Nadie puede compensar una pérdida. No existen alicientes ni medicamentos contra eso. Lo más que podemos hacer es acompañar. Creo que ese es el gran principio de Dios: acompañar. Por eso viajé esta vez, por amor, por respeto y aceptación al dolor.

Debo confesar que antes de pensar en mí mismo, cuando supe de su muerte como a las 3 de la madrugada, pensé primero en ella. «Dios mío, cómo estará tía Lily». Tío era toda su vida. Tenían dos hijos, sí, pero ambos casados y fuera de casa. ¿Cómo recomenzar algo así?

Y es que ellos no eran un matrimonio cualquiera. Eran los mejores de la Familia Gutiérrez. No me cabe duda. Lo viví. Eran inseparables. Nunca se dispusieron una separación momentánea como se ven en muchos otros matrimonios y que, a la larga, pueden reconciliarse; pues parece ser una práctica saludable (aunque yo no acabe de entenderla).

Tía siempre ha sido un encanto. Es de esas mujeres virtuosas a la que no se le puede reprochar en absoluto. Tal vez por eso era mi favorita. Es tan dada al cariño; tan fácil de amar.

Podría decirse, a primera vista, que en tío había encontrado un hueso duro de roer: mujeriego empedernido, liberal, debiera decir libertino… Sin embargo, fue el quien había tropezado con un trozo de marfil. Tía lo cercenó con su amor estoico. Un capítulo releído de la Bella y la Bestia, donde el animal había sido domado una vez más. El verdadero empuje del amor. Yo lo viví. Te lo puedo asegurar.

Retardo

Es de esperarse, que en medio de Covid-19, con las puertas de la ciudad cerradas no llegase a tiempo para el funeral; a pesar de que lo dispusieron para un día después de lo acostumbrado, en busca de reunir a la familia más allegada. Específicamente, mi prima Any, que también vive en la Capital.

Tío Jorge murió el jueves, yo llegué el sábado en la tarde. No hallaba ni como entrarle. Sabiendo que son peores las nuevas visitas para quien intenta descansar de tantas lágrimas. Y por mí, conociendo lo sensible que soy. ¡Ya está! Ni lo preguntes. Por mucho que tragué y frené en seco, mi llanto fue a borbotones; y le hice llorar a ella otra de sus infinitas veces «Se me fue, tito, se me fue». Era lo único que decía, apretándote el cuello hasta el cansancio, en la sala de una casa que no reconoces, siendo la misma.

Costumbres

Luego llegaron las acostumbradas charlas y repeticiones de los mismos temas esperados. Las innumerables deudas de tanto que se había dejado de decir por la distancia. Los cuentos de cómo fueron los días de ayer; evitando hacer énfasis en que se hablaba de él, hablándole.

Por momentos me viene a la mente Pessoa, ese papá a quien amo. Y en este momento, en vez de decir soy, digo me soy (adiciona el atributo que gustes). Gestos y recuerdos se agolpan al unísono. Hasta puedo decir que por instante no atinaba escuchar. No es que sea despreocupado, eran demasiadas imágenes en procesamiento y solo un sistema auditivo.

Yoanky no estaba, uno de mis primos preferidos a quien no veía desde hacía mucho. La distancia es el barro de otras distancias diminutas que se agrupan en la amalgama que termina por orquestar lo cotidiano. Cada quien debe seguir un camino y el mío fue siempre el más distante. En esa lejanía terminó casado, y sin recordar siquiera, invitarme a la boda.

Viaje Villas por dolor de ausencia
El dúo dinámico…

Pero es Yoanky. Además, no soy bueno en recordar pequeñeces con todo el daño que hagan en su momento. Son muchas las alegrías por otros lados, como para perder tiempo con eso. Lo vi al otro día. Con su cuerpo similar al de tío y hasta su misma aura. Al menos, eso se me antojó apreciar.

Conocí a mi prima-cuñada. Te la presento, se llama Hanay, o algo así. Habla tanto más…, que no tuve tiempo de aprenderme su nombre completo. También conocí a la madre-prima-cuñada, una mujer de hermoso porte y pícaro semblante.

Me alegró saber que Yoanky tenía una bendición hilarante de la que asirse tras este inesperado cambio. En definitivas, para eso son los matrimonios, ¿no? Parecen un par de chicos emprendedores y dinámicos. Espero que Dios les permita desarrollarse… En Cuba no existen muchos espacios para seres así.

Un adiós más largo

Conversamos mucho durante esos días y luego desaparecí una vez más. Es mi recurrente oleaje de arribos y despedidas.

De camino a La Habana llevaba la sensación de que mal-guardé algo sin saber cómo ni dónde. Pero con la certeza de que nunca volvería a recuperarlo.

Adiós. Tío Lucio el viajero.

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