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Viaje a Las Villas dentro del Covid

A veces, por suerte, las menos, uno emprende viajes por el dolor que provocan las ausencias de tus seres queridos. Este fue uno de ellos. Pero ya te escribí sobre eso en otro post, por lo que no tengo deseos, ni fuerzas para hablar más sobre el tema.

Primera barrera

¿Cómo salir de una ciudad que cerró sus puertas por la pandemia? Por la cantidad de casos en La Habana, determinaron aislarnos para proteger a las demás provincias. Sin transporte interno ni externo; pues también detuvieron todo el sistema de transportación dentro de la capital.

¿Cómo salgo de aquí? ¿Dónde estará ese punto de control que dicen? Si pudiese llegar a él me las arreglaría al dedo con cualquier carro más allá de la frontera. Solo tenía que hacerme un Test rápido para descartar que tenía el virus y poder salir de ciudad.

Any, mi prima, me dijo que existen guaguas organizadas por los hospitales y funerarias. Eran las 3 de la tarde. Fui al “Poder Popular” en busca de un posible aval que me permitiera encontrar ese vehículo que salía para las provincias del interior. La señora ya se marchaba porque había tenido una reunión muy larga y se sentía extenuada. Ven a verme mañana tal vez se pueda hacer algo con Calzada y k. Esta es la Funeraria principal, es un hermoso edificio que me recordó a Machado y que se encuentra en esa misma dirección, en El Vedado.

A la mañana siguiente me levanté bien temprano y me aposté a la entrada de esa asamblea, en espera de la muchacha. Al no aparecer corrí al Policlínico donde me hice el análisis para adelantar pasos. Quién sabe si aparece un carro y no me puedo ir por hacer de tonto.

Ya nos había sentenciado la guardia de la puerta del “Poder Popular“ que el día estaba complicado, era 13 de agosto, tenían el matutino, luego un matutino especial y luego una video-conferencia. Yo rebuscaba en mis archivos qué se conmemoraba ese día sin encontrar nada. Culpé a mis maestras de historia de otros tiempos por no enseñarme bien. Uhm, alzamiento de… No. Al machete… Nop. Cristobal Colón… Noooo. Cuando una muchacha que esperaba por lo mismo me hizo caer en que era el cumple no-años de Fidel.

Vaya, arrancamos con el pie izquierdo. La tía apareció como a las 10 de la mañana. Para no cansarte, me reconoció al momento y, con cierta conmiseración, me hizo una carta que presentar en la funeraria de Calzada y K, para ver si podían subirme a una de las guaguas que salían el sábado.

Con mi eterna mochila a cuestas caminé por más de 3 horas hasta ese lugar. Me dijeron que sí, y regresé casi a las 5 de la tarde. Al menos podría ir a ver a Tía Lily, y los demás.

Me amenazaron con la realización de otro examen pues el mío se vencía el sábado en la tarde. Hice mis cálculos y me rehusé a otro pinchazo. Para cuando se me vencieran las 48 horas ya tendría los pies en tierra. Al final, me tuve que hacer el examen muchas veces. Pues de regreso las cosas se complicaron y necesitaba tenerlo activo para cuando apareciera un vehículo.

Sábado

Son las cuatro de la madrugada. Hace una hora que me levanté. Camino unas 5 cuadras y, en el semáforo de la avenida 51, un taxi. Lo pienso por unas milésimas de segundo, y le disparo con todo para que no tenga oportunidad de negarse: Buenos días, voy para las Villas, por la muerte de mi tío y la guagua sale de Calzada y K, por favor, ¿puede llevarme? –No puedo llevar a nadie. Además, estoy de servicio; tengo que recoger a unos enfermos y llevarlos para el Hospital.

No me resignaba a perder una botella como esa. –Para el que camina cualquier tramo le sirve… –Es que no puedo recoger a nadie. –Bien, gracias. Dije en tono lastimero.

Comencé a caminar nuevamente. Al instante me llamó: Sube. Vamos, sube. –¡Ah! Mil gracias.

En Marianao anduvimos por calles remotas hasta llegar a casa de uno de los pacientes. Luego circulamos por enmarañados recovecos de Miramar en busca del segundo convaleciente. Saltamos el túnel de 5 avenida y continuamos por el Malecón. No podía creerlo.

–Por favor, déjeme por donde mejor me sirva para la Funeraria. Ja. Estaba a una cuadra. Esto me hace recordar el final del post de Aniko sobre el reto de viajar por Islandia a dedo; en el último trayecto hacia el aeropuerto de Reykjavík.

Al fin en el camino

La salida de los ómnibus estaba programada para las 8:30, por eso había que estar en la funeraria a las 7. Llegaron unas guaguas a las 9. A esa hora comenzaron a llamar a los viajeros para rectificar por ciudades de destino. Comenzábamos a lo cubano: bien mal.

No quiero cansarte con esto. Me llamaron de último a rectificar y de último a subir al bus. Salimos de acá sobre las 11 de la mañana. La ciudad está muerta. Las calles vacías de vehículos parecían una filmación de esas películas con un argumento post apocalíptico.

Detalle kafkiano

En Cuba el Corona Virus disminuirá la comida o aumentará las multas, pero nunca terminará con la corrupción en la venta de pasajes a todos los niveles. Yo hice un escaneo mental, según gestos, intrigas, detalles kafkianos, conversaciones, movimientos presupuestarios y, solo dos personas y yo viajábamos por novedad familiar. Los demás eran arreglados a trocha y mocha. Cuando se trata de viajar no importa la muerte de un burócrata –supongo.

Te cuento que en la guagua que nos llevó hacia Terminal Piscina, un joven uniformado llama por su móvil. Escucha lo que se oía de este lado. «Mi herma, me dio pena hablarte allí porque… Es que tengo un amigo en la unidad que está en la misma situación. ¿Puedo darle tu número para que te llame y cuadre lo mismo que cuadraste conmigo? ¿Si?  (…) Thank you, men…».

El oficial volvió a usar su teléfono. Esta vez imagina su conversación. Yo no pude prestarle oídos, pues estallaba en una alegría interna que disipaba mis penas de ver a una isla hundirse en un mar y no El Caribe.

Terminal Piscina

Llegamos a un lugar en medio de esos repartos a los que les has pasado de lado pero que jamás llegas a pisar. Un territorio desconocido en medio de la ciudad que se le apabulla con los edificios desplomándose a su alrededor días alternos.

A la Terminal improvisada debo llamarle así: Terminal Piscina. Parece ser un centro educativo o deportivo, porque tiene una piscina en su parte trasera y tristes murales en sus paredes. Acá todo es loco. No hay donde poner los equipajes, no tenemos normas de higiene, sin mencionar que no hay sanitarios, estamos amontonados, y, lo mejor: la mala energía. Esa estúpida forma de tratar a los demás con desprecio, cinismo y el perenne y hereditario empleo de órdenes militares lacónicas…

Magia matemática

Eso sí. No puedo negar que me sorprendió con la mejor ecuación cuadrática perfecta con números irreales basados en un dominio inexistente donde su imagen tendió al infinito para aterrizar en un valor “0” absoluto.

Una vez más fui el último en ser llamado. Me di cuenta que solo yo viajaba para un destino anterior a Camagüey. Cuando subí al autobús me senté en el único asiento disponible. Esto si fue asombroso. Se cumplió la matemática del azar más exacta que jamás hubiese imaginado. Ni más ni menos. ¡Whoa! Debo admitirlo. Esto fue superior a mis conocimientos elementales de la matemática cotidiana.

Convivencia tras la magia

Obligado, me senté en la cocina de la guagua. A la izquierda, dos muchachas pareja que luego terminamos compartiendo el viaje. A mi derecha, un hombre que parecía militar, aunque no llevaba uniforme; pues su necesidad de compasión, la ira reprimida y su trastorno de autoestima, le delataban.

–Por favor, me dejas sentar. Ocupa tu asiento, no el mío, si puedes… Fue mi saludo. Comenzamos un cómico e infantil forcejeo de codos para acomodar lo que poseíamos en el cerebro… Saqué esta máquina de escribir, y, luego de darse cuenta que no recibiría conmiseración de mi parte, se acomodó.

Otra comicidad: el super machote con espalda de un metro de ancho iba viendo una novelita llorona. ¡Así que macho-man!

Las chicas de mi izquierda conversaban sobre cuestiones hogareñas cuando a una de ellas se le escapa una carcajadas a medias. Uno de esos golpes de ritmo que activan tu cerebro como que no es lo normal, lo que debiera esperarse en el siguiente paso. La observo para darme cuenta que espiaba lo que escribía. Lo del macho-man viendo melodramas en su celular le hizo reír.

–¿Hey? Le interrogué con una mezcla de alegría y juego. –Estaba leyendo lo que escribías, respondió sin tapujos.

No me quedó de otra que descansar por un rato y entablar conversación con las vecinas que terminaron siendo, como es de esperarse, de las viajeras que compraron el boleto. Su única “novedad”, gracias a Dios, era el recién nacimiento de un sobrino al norte de Holguín; tierra natal de la más cercana a mí. Iban felices porque le llevaban casi toda la canastilla. –Mi hermana no vive en buenas condiciones, tu sabes, nosotras pudimos conseguir de todo, desde la bañera hasta el algodón…

Por mi parte, no pude resistirme al orgullo: soy viajero y escribo cuanto puedo. Así me presenté.

La Autopista A1 estaba desierta; podías leer a Cervantes, escuchar una ópera y contar los carros que te cruzaban. Cuando le pasamos de lado al Servicentro “El conejito” se me apretaron las tripas hasta recordar que ni siquiera ayer había cenado. Claro, los chóferes tenían una carta bajo la manga. Aquí te dejo algunas fotos del Ranchón donde almorzamos.

Eso sí. Fue el almuerzo más caro de todos mis viajes: 60 pesos un plato escaso y mal servido. De postre, un flan que parecía origami modular; pero que estaba sabroso, a pesar de faltarle el huevo, la leche y el azúcar. Ahí lo tienes. Otra de las magias de la matemática personalizada.

Luego, en el Conejito de Aguada de Pasajeros nos detuvimos para ir al baño. Yo aprovecho para adelantar este post simultáneo a Unos de esos viajes emprendidos por el dolor de la ausencia, es el primero de este viaje, del que te escribiré 3 .

Mi parada es un semáforo apagado en el medio de la nada (km. 304: entronque Placetas-Fomento). Puede que sea un poco feo, pero es la tierra más hermosa… Al norte las mejores playas, la alegría exuberante de los fuegos artificiales de las Parrandas se contraponen con el silencio de las montañas del sur El Escambray y, otra vez, un mar de ensueños, donde encuentras barcos hundidos y leyendas de corsarios y piratas en medio de las personas más afables de toda Cuba: mi gente de Las Villas.

En el entronque de Fomento le saqué la mano al primer vehículo que pasó por allí y me recogió. Llegué a casa de mi hermano antes de las 5 de la tarde. Tal vez ya te lo he dicho, pero sentía una sensación de alegría por llegar, mezclada con el dolor de la muerte de tío Jorge.

Un abrazo, Tío Lucio el viajero.

Te dejo algunos enlaces útiles para tus viajes.

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